Romanticismo Contemporáneo

 

La idea de un romanticismo contemporáneo puede parecer un oxímoron, pero no lo es, primero porque considero que el arte contemporáneo no tiene una definición clara como algunos insisten en declarar, segundo porque el propio romanticisimo también es algo bien difícil de definir, esto lo afirman todos los expertos en el tema, por lo que no podemos contraponer lo indefinido, y tercero porque una sincera observación de la escena global contradice este intento de imposición de una visión y definición única de arte contemporáneo, ya que desde sus orígenes muchos artistas mostraron rasgos románticos, incluso íconos y fundadores del mismo, y que además sigue sucediendo. Es decir, no es contradictorio que exista arte contemporáneo romántico por el hecho de que éste responde a un espíritu que siempre existió y que sigue existiendo porque es parte constitutiva de la humanidad desde siempre. Sabemos que la palabra «contemporáneo» en este caso no refiere a lo que pasa actualmente, es decir a una noción del tiempo. Muchos intentan definir esta palabra con descripciones de hechos de muchas corrientes del arte desde los inicios de lo contemporáneo, pero a la vez, excluyen una gran cantidad que contradicen tales definiciones. Es decir, en lo personal, creo que lo contemporáneo es una «gran apertura», de medios, de ideas, de técnicas, de mundos, de movimientos, etc. y todo esto responde a la época y biografía de la humanidad por la que transitamos, pero dejemos esto por ahora.
Al decir «romanticismo contemporáneo», en este caso, no estoy aludiendo directamente al movimiento del siglo XVIII y XIX, sino al espíritu esencial que hubo detrás de él, espíritu que nunca dejó de existir. Entiendo que existe una corriente «subterránea» que recorre en espacio y tiempo diferentes expresiones.
El romanticismo alemán fue una expresión de esta corriente, una manifestación volcada de forma abrupta que tomó niveles casi universales, en el sentido de que esa exteriorización de lo subterráneo, en este caso, se vio en casi todos los campos del hacer humano, como las artes, la filosofía, la política, etc.
Lo subterráneo salió a la superficie. Esta corriente ya se manifestaba previo a la aparición del romanticismo de forma más o menos exclusiva en movimientos  de índole espiritual, místico y esotéricos. Pero en el romanticismo alemán se pudo observar que esta búsqueda interior se vio reflejada en las actividades cotidianas y culturales del momento.
En paralelo, esta corriente se puede ver en otras latitudes, quizá por aquello de que tanto las ideas como estos impulsos que implican una exteriorización en masa, se dan de forma simultánea y son multicéntricas. Pero también se han observado en otras épocas, como por ejemplo en el reino Nazarí de la Alhambra en Andalucía, donde surgía un impulso nuevo donde el conocimiento interno del camino Sufi se veía reflejado en todos los aspectos de la comunidad, ya sea en el arte, la arquitectura, como en el desarrollo social. Para occidente fue necesario más tiempo para que madurara este impulso, dado al dogmatismo reinante.
Pero nunca emergió con tanta fuerza como en el siglo XVIII con personalidades como Goethe, Schlegel, Novalis, Fichte, Schiller, Hölderlin, Caspar David Friedrich, Beethoven, etc. Pero esta poderosa corriente fue interceptada por una de las revoluciones más drásticas en la historia de la humanidad: la revolución industrial. La visión mecánica del mundo y el pensamiento calculador se extendió de la mano de la expansión de la educación que emulaba el régimen industrial.
La corriente subterránea había emergido pero una gran represa de cemento fue impuesta debilitando nuevamente dicha corriente para que vuelva al mundo subterráneo con riesgo de secarse.
Pero no se secó. Una y otra vez afloran personalidades que revitalizan este espíritu que se planta contra la idea de lo clásico y de lo racional, que no permite la homogeneización de las personas rescatando lo único y valioso de cada una de ellas, que se siente parte de la naturaleza y venera la vida y su misterioso origen, que lucha contra la tiranía, que ama la libertad interior y exterior, que pone en el centro a la creatividad y valora lo diferente, que tiene nostalgia por estados de profunda paz, de paraísos perdidos, que entiende que la vida es un flujo orgánico y dinámico donde el todo es tan importante como las partes, etc.
En el mundo contemporáneo de las artes visuales ha habido personalidades que han hecho un gran esfuerzo por sacar a superficie este hilo de agua subterránea, uno de los más destacados es Joseph Beuys, que en su último discurso público, citando a su maestro de escultura Wilhelm Lehmbruck, quiso dejar un claro mensaje sobre la necesidad de no dejar secar esta corriente exclamando «Protege la llama».
Esta corriente subterránea es lo que nutrió al Romanticismo y es lo que nutre al día de hoy las diferentes manifestaciones artísticas y filosóficas en las que se puede ver un aire romántico, que nacen de forma aislada y espontánea. Es que esta corriente es subterránea en el sentido de que la tierra es como dice Heidegger, aquello que se oculta. La tierra es el interior humano y lo subterráneo es el inconsciente, o aquello que está por detrás de lo consciente de forma esencial.
Siempre existieron y existen personalidades de características similares que se podría decir son nostálgicas, esencialistas, melancólicas, místicas, rebeldes al sistema o a sistemas, buscadores solitarios. Este tipo de personalidad breva en la fuente de la corriente subterránea. No hubo quizá una época tan manifiesta de esta corriente como la del Romanticismo Alemán. Por eso es deseable destacar y utilizar el término romanticismo, pero teniendo en claro que en realidad es la corriente subterránea la que realmente importa y nutre, y que en lo contemporáneo se manifiesta de forma diferente a la del siglo XIX.
«Proteger la llama» o no dejar secar la corriente subterránea, es una tarea propia de aquellos que por disposición natural llevamos esta inclinación.
Heidegger ha sido clave en esta tarea, en plena época materialista y de maquinación, logró pararse firme ante este avance y planteó llevar la mirada a lo más profundo, al ser. Y a partir de él la corriente se revitalizó y comenzaron a emerger nuevos exponentes como es el caso de Byung-Chul Han, entre otros.
Lo que se vislumbra hoy para el mañana no es muy esperanzador, el intelecto sombrío de la mano de la inteligencia artificial, de la maquinación y el post-humanismo, avanza a pasos agigantados, jugando en contra de todos quienes apelamos a lo esencial y a la vida misma como eje y centro del quehacer humano, y cada vez más se cree «entender» la vida y sus procesos, cada vez más se afianza en las nuevas generaciones las abstracciones grises del cálculo y la operación, alejándonos de lo orgánico y real, de la tierra, y de los fenómenos que nos rodean y constituyen. Pero hay quienes nos revelamos ante lo totalizante de la nada a la que lleva la maquinación, ante las fuertes corrientes superficiales de las mayorías, de lo artificioso y empaquetado, ante los hechizos de los medios, y que seguimos creyendo, en contra del cientificismo que cree entender y saberlo todo, lo que alguna vez dijo August Wilhelm Schlegel:

«Las raíces de la vida están perdidas en las tinieblas, la magia de la vida reposa en un misterio insoluble.»