La Gran Inversión

 

Me peleo con la idea de que todo da lo mismo, de que no hay verdades, de que no hay esencias ni naturaleza sino la nada.
Me peleo porque en vida siempre hay combate. Combatir es vivir la naturaleza, y en este caso el combate es interno, implica no dejarse avasallar.
Esta nada nos lleva a la desertificación:
“La desertificación es más que la destrucción, es más terrible que ésta. La destrucción elimina solamente lo que ha crecido y lo construido hasta ahora; en cambio, la desertificación impide el crecimiento futuro. La desertificación es más terrible que la mera aniquilación.” M. Heidegger / ¿Qué significa pensar?
¿Cuándo la desertificación se hará carne? El día que el ciborg logre la inmortalidad del cuerpo, ese será el día de la gran inversión:

Inmortalidad del cuerpo, muerte del alma.

La gran inversión es el perpetuarse del ego, la necesidad de hacer prolongar la construcción de identidad.
Este constructo artifical, esta falsa identificación con el cuerpo y con un personaje ficticio, es el súmmum del ego humano.
Su enemigo es la muerte y tratará de sortearla con el fin de perpetuarse para la posteridad.
La inmortalidad del cuerpo/identidad se alcanzará gracias a la biotecnología y esto significará una gran inversión. El alma morirá, es decir, el principio animador quedará en el mínimo indispensable, similar a un coma inducido, y quien tomará las riendas de dicha persona/robot será la tecnología, la IA y la biotecnología.
Con el fin de perpetuar una imagen, un fantasma egoico, se estará dispuesto a la nada, al vacío oscuro sin luz, al coma inconsciente.
La muerte significaría la liberación de estos estados, pero al esquivarla la muerte es para el alma.
Este es el destino del post-humanismo: el progreso de la muerte en vida y del materialismo de la mano del ego más monstruoso jamás visto. Y en este estado de vida artificial se dará el alejamiento final de la tierra.
El ciborg estará dotado para navegar por el oscuro universo manteniendo la vitalidad al mínimo de su expresión. Se mantendrá el cuerpo como vehículo no del alma sino de la inteligencia artificial creada en vida para dicha persona.
Esta construcción de identidad será lo que vagará por el universo sin rumbo o colonizando todo lo colonizable. Si el ser humano fue capaz de atrocidades en su afán colonizador, podemos imaginar lo que podría hacer sin ningún vestigio de humanidad.
Estos seres odiarán la muerte y su objetivo será la inmortalidad en vida, por lo que buscarán lograrlo por todos los medios. Y esto no puede ser de otra forma que con la violencia total. No hay compasión ninguna en una máquina. La continuidad del ciborg lo buscarán a cualquier costo y se aplicará toda la IA necesaria al servicio de dicho objetivo.
La humanidad, lo poco que quedaría de ella, con lo poco y último de consciencia que brillará en las profundidades de la nada, peleará por la muerte.
Nunca la humanidad será tan consciente (aún en la inconsciencia) de la necesidad de la muerte.
Sólo así la humanidad entenderá su necesidad y la aceptación con agradecimiento del misterio de misterios.
Si estas sombrías posibilidades se dan, la humanidad como alma grupal quedaría estancada en un vacío oscuro sin luz. Un páramo de nada.
Esta fatalidad sería evitada si comprendiéramos que no es la construcción de la identidad/ego lo que la humanidad necesita, tampoco la deconstrucción que acrecienta el desierto del nihilismo, sino socavar las profundidades del ego, encontrar la verdadera naturaleza de la vida, y desde ahí, en un fluir orgánico, desenvolver un ser sin olvido del ser.
La construcción de una identidad aferrada a lo superficial de la mente y arraigada en el ego es la inversión de la búsqueda. Ésta crea atada a los entes y encantos de la vida exterior, la otra crea espontáneamente desde lo inefable del ser, destruyendo todo encanto, viviendo la realidad del ser y de la vida. Una se apega a lo ilusorio de la imagen y la personalidad, la otra suelta y acepta lo transitorio de éstos abrazando a la muerte como principio de vida.