La belleza como apoyo para profundizar la experiencia

 

Cuando al silencio lo acompaña la belleza la experiencia es más rica, más profunda y no sólo es generadora de pensamientos puros sino además de cambios en el estado anímico. En este caso no hablamos de la belleza tradicionalmente relacionada a una moral y sus tradiciones culturales, sino más bien a la belleza que nos hablaba la doctrina platónica: “Al que hasta aquí ha sido instruido en el saber del amor y ha considerado las cosas bellas una después de otra en el orden debido, le será súbitamente revelada la maravilla de la naturaleza de la Belleza, y es por esto, oh Sócrates, por lo que se emprendieron los trabajos anteriores. Esta Belleza, en primer lugar, existe siempre, no nace ni muere, no crece ni decrece; en segundo lugar, no es bella desde un punto de vista y fea desde otro… Sino que es Belleza absoluta, siempre existente en uniformidad consigo misma, y tal que, mientras que toda la multitud de cosas bellas participan de ella, nunca aumenta ni disminuye, sino que permanece impasible, aunque aquellas nazcan y mueran… La Belleza en sí, entera, pura, sin mezcla… divina y coesencial consigo misma.”
La belleza nace como experiencia cuando lo percibido está impregnado de leyes plásticas, las mismas que construyen el universo. La belleza en una obra no la encontramos en su discurso, sino en proporciones, relacionamiento de colores, equilibrio de fuerzas, etc. Estas leyes universales nos relacionan con nuestra esencia cósmica, esta verdad inevitable: somos parte de este universo y nos sostienen las mismas leyes y cualidades que a enormes galaxias. Este encuentro nos genera un estado de beatitud. Belleza y beatitud tiene la misma raíz etimológica indoeuropea, están vinculadas al punto que podemos decir que tienen la misma esencia, o incluso podríamos decir que son la misma cosa.
Así podemos entender como es que reconocemos a la belleza incluso en obras que no contienen elementos ni imágenes relacionadas a lo que habitualmente podemos definir como bello, o en obras que su discurso y estética están relacionadas a temáticas oscuras como el morbo o la violencia. Ese estado de contento en nuestro interior es producido por su entramado plástico y sus leyes universales. La belleza es en sí un estado, un estado el cual de forma inequívoca reconocemos, pero que en la mayoría de los casos proyectamos y adjudicamos a estímulos y a objetos externos.