Goethe según Nietzsche

Nietzsche en «El crepúsculo de los ídolos» hace gala al título y baja del pedestal a un sin fin de personalidades, no deja títere con cabeza, pero hay uno que sí se salva, uno que permanece incólume:
«… Goethe se rodeó de horizontes bien definidos; lejos de apartarse de la vida, se sumergió en ella, no fue pusilánime, y aceptó todas las responsabilidades posibles. Lo que quería era la totalidad, combatió la separación entre la razón y la sensualidad, entre el sentimiento y la voluntad (predicada en la más repugnante de las escolásticas, por Kant, el antípoda de Goethe); se disciplinó a sí mismo para llegar a ser integral; se hizo a sí mismo.
…Un espíritu emancipado semejante aparece en el centro del Universo, con un fatalismo feliz y confiado, con la convicción de que no hay nada condenable más que aquello que existe aisladamente y que, en conjunto, todo se resuelve y se afirma. No niega. Esa fe es la más elevada de todas las fes posibles. Yo la he bautizado con el nombre de Dionisios.»