Eterno Romanticismo

 

Tomé prestado para el título de este breve texto una idea de Louis Réau, Historiador de Arte, profesor de la Sorbona y filólogo. En su libro “La era Romántica” puso en palabras lo que hace tiempo vengo pensando de forma intuitiva: “¿No es eterno el romanticismo? No es sólo una épica única de duración limitada dentro de la historia moderna, sino cierto estado de sensibilidad que reaparece con la periodicidad de un ciclo en el curso de la evolución de la Humanidad, que ofrece los mismo síntomas y produce los mismos efectos.”
Esto que leo con sorpresa se asemeja a lo que escribí el año pasado comparando al romanticismo con un curso subterráneo de agua: “El impulso que derivó en Romanticismo es una corriente subterránea, es decir, una corriente que se mantuvo por siglos en silencio y secreto. El desarrollo orgánico y natural se vio exaltado debido a un exceso de racionalidad en los albores de la revolución industrial y esto generó que esa corriente salga a la superficie como nunca antes había sucedido.”
Decía en este breve texto que ese curso había salido a la superficie generando una gran extensión de agua, un lago cristalino llamado Romanticismo. Pero la revolución industrial fue implacable, la eficiencia y eficacia de la ciencia acalló al alma sensible. Fue como si se hiciera una gran represa de cemento bloqueando el curso del agua. Apenas un hilo de agua siguió corriendo torpe y sin fuerza.
Luego de la irrupción implacable de la razón y la ciencia, del pensamiento calculador y su revolución industrial, pasaron largos años en que el romanticismo agonizaba. Pero de todas maneras dejó sus semillas y algunas lograron germinar. Hoy nos encontramos en una situación muy peculiar. El desarrollo individual que pregonaba el romántico evolucionó de forma exponencial pero con la peculiaridad de que su desarrollo fue unilateral, es decir, no abarcó aspectos fundamentales del interior humano, a saber: una mirada espiritual de la vida y de unidad con todo, sino que se desarrolló desde el materialismo, desde una visión cientificista y compartimentada del mundo. Esto llevó a la humanidad a ser en extremo egoístas y destructivos. La subjetividad de la que practicaba el romántico se vio alterada y transformada en una subjetividad superficial basada en pensamientos cooptados por el pensamiento calculador y exenta de cosmovisión de unidad, de espiritualidad y bondad. Este devenir nos lleva hoy al nacimiento del post humanismo que brota desde una visión miope de individualidad y subjetividad.
El proceso orgánico del romanticismo apuntaba a la individuación y no al individualismo. Es decir, al desarrollo pleno de facultades del alma individual con conciencia de que éste es parte del todo y que el todo es parte de él. Esta experiencia de copertenencia genera una relación social más profunda  y comprometida, más sensible y justa. Por supuesto que este modelo no ha podido ser puesto en práctica no más que en algunas truncas experiencias.
El Romanticismo tiene una peculiaridad: es difícil definirlo. Esto responde a su naturaleza ya que, como decía Luis Réau “es un estado de sensibilidad”, pero que yo diría más bien es un estado del alma y  que desde ahí cada persona lo expresa de forma diferente según sus propias características, condicionamientos, personalidad, etc. Entiendo que existió en su momento un Romanticismo superficial y otro profundo. El superficial es sentimentalista y se involucra en los avatares políticos, confundiendo el amor a la tierra por  amor a los relatos historiográficos sobre la relación del hombre y “su” tierra que fácilmente deriva en nacionalismos. Sin embargo el Romanticismo profundo nace de la relación mística del hombre con la tierra. Lo que pueden tener en común ambos es que el arte se transforma en la herramienta principal, en su centro.
Hoy sigue quedando un hilo de agua que corre bajo tierra. No es difícil ver que en el arte contemporáneo sobrevive un espíritu romántico, un espíritu que como dijo Réau es eterno, y es eterno porque es esencialmente parte intrínseca del hombre, es un estado interior de añoranza por el Erial, por la tierra pura y libre de los males que nos aquejan, de la paz suprema, la bienaventuranza original, la inocencia del niño.
Hoy, tiempos de revuelta y oscuridad, hago mías las palabras de Joseph Beuys en su último discurso: “Protege la llama, porque si no se protege la llama, antes de que uno se dé cuenta el viento apagará la luz”.

“El individuo vive en el conjunto y el conjunto vive en el individuo. Por medio de la poesía surgen la mayor simpatía y la coactividad más intensa, la comunidad íntima de lo finito y lo infinito”

Novalis