Entre demonios y dioses

 

Estamos en un punto clave de la historia en el que parece que o nos autodestruimos  o nos convertimos en inmortales.
O demonios destructores, hijos de la nada misma, o dioses creadores, hijos de la eternidad.
¿Cómo es posible que dos extremos tan lejanos estén  tan cerca en cuanto a posibilidad?
La búsqueda es el punto medio. El centro es la tierra, una vez más.
Ni demonios ni dioses, hijos de la tierra.
Decir tierra es decir también naturaleza. Esta palabra ha sido bastardeada por las ciencias naturales y es por esta razón distingo ambas palabras.
Tierra es más descriptiva, real y palpable, a la vez es más esencial y profunda.
Naturaleza es más abstracta, y lo vinculamos a un conjunto de ideas e imágenes salidas de la biología, en vez de que sea un pensamiento esencial directamente emanado de la observación.
Somos tierra.
Los dioses habitan lejos, en el cielo de lo trascendente, de la muerte, y los demonios en el inframundo.
Ser tierra quiere decir vivir en ella en simpatía, ser parte intrínseca de ella.
Dioses y demonios tienen su lugar después de la muerte, y antes.
Hay una necesidad, un empuje, que nos lleva a querer realizar los mundos del  más allá en la tierra. Este intento nace de una falsa percepción del tiempo y del alejamiento del ser.
Traer aquí a lo post-mortem es morir en vida.
No estoy denostando a la muerte ni sus posibles mundos. Simplemente digo que cada uno tiene su lugar y tiempo.
Hoy, acá, somos tierra.